De varias maneras las TIC han mejorado y diversificado la producción cultural, con la democratización de la creación. Ahora cualquier persona con un teléfono inteligente puede crear música, videos, podcasts, blogs o arte digital y distribuirlo globalmente (en YouTube, TikTok, Bandcamp, y otras redes). Esto ha roto el monopolio de las grandes productoras y editoriales.
También se aumenta la visibilidad de los nichos y de lo local. Culturas, lenguas minoritarias y expresiones artísticas que antes estaban confinadas a un territorio, ahora pueden encontrar audiencia global. Un músico de folclore andino, un poeta en lengua indígena o un artista de un estilo muy específico tiene canales para darse a conocer.
Las TICs contribuyen a la preservación y a multiplicar el archivo digital. Permiten documentar y conservar tradiciones, rituales, lenguas y conocimientos ancestrales en formatos digitales (audio, video, bases de datos), protegiéndolos de la desaparición. Esto fomenta además la colaboración intercultural, pues artistas de diferentes partes del mundo pueden colaborar en tiempo real, fusionando estilos y creando formas culturales híbridas y nuevas. Esto genera diversidad, no homogeneidad. Además las plataformas de patrocinio y los mercados digitales permiten a los creadores sostenerse económicamente sin intermediarios, fomentando la autonomía de expresiones culturales independientes.
Pero claro, no todo es optimismo. Las TICs pueden igualmente homogeneizar y diluir las identidades culturales. Es un hecho que se produce una hegemonía de plataformas y algoritmos: un grupo de plataformas (Meta, Google, TikTok, Spotify) dominan la distribución. Sus algoritmos tienden a promover contenido que ya es popular o viral, favoreciendo tendencias globales (generalmente anglocéntricas o de grandes mercados) sobre las expresiones locales.
La cultura del like ("me gusta") impera y genera estandarización. La búsqueda de viralidad puede llevar a creadores a imitar formatos, estéticas y temas exitosos a nivel global, abandonando singularidades locales para alcanzar audiencias masivas. Esto sin perder de vista la realidad de que hay un idioma y ciertos contenidos dominantes. El inglés y algunos formatos (como el de las series de streaming o la música pop global) se convierten en estándar, marginalizando la producción en lenguas locales o con narrativas menos comerciales.
Tenemos así mismo una pérdida de contextos profundos. Cuando una danza ritual o un símbolo sagrado se convierte en un "clip" de 15 segundos en TikTok, se despoja de su significado profundo, su contexto y su valor comunitario, transformándose en un mero producto de entretenimiento consumible por todos. La avalancha de contenido global compite ferozmente por nuestra atención, a menudo ahogando las producciones culturales locales que tienen menos recursos de mercadeo y difusión.
La TICs generan una dialéctica constante. No es "o uno o lo otro", sino un "lo uno y lo otro" a la vez . Finalmente, el resultado depende del uso. Una comunidad que utiliza las TIC con conciencia y estrategia puede fortalecer su identidad, conectar con su diáspora y educar al mundo. Un creador que solo busca fama rápida puede caer en la imitación homogenizadora.
Así las cosas, las TIC son una herramienta poderosa que magnifica las dinámicas culturales existentes, potenciando el papel de la agencia humana. Al final, la tecnología no decide. Son las personas, las comunidades, las políticas culturales y las decisiones de consumo las que determinan si primará la diversificación o la homogenización. La educación mediática y el apoyo consciente a creadores locales son clave. Más aún, están surgiendo identidades culturales que son glocales (piensan global, actúan local) y digitales, combinando influencias de internet con raíces locales, creando algo completamente nuevo.
Las TICs han proporcionado la oportunidad sin precedentes para una producción cultural más diversa y democrática, pero también han creado un ecosistema que, por su lógica comercial y algorítmica, tiende a estandarizar. El desafío está en usar estas herramientas de forma crítica, creativa y activa para asegurar que la diversidad cultural no solo sobreviva, sino que florezca en la era digital.

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