Mark Coeckelbergh (nacido en 1975) es un filósofo belga, enfocado en la reflexión sobre la tecnología. Es un experto en ética de la inteligencia artificial y es conocido principalmente por su trabajo en filosofía de la tecnología y ética de la robótica. También ha publicado en las áreas de filosofía moral, filosofía ambiental y, más recientemente, filosofía política. Es autor de varios libros y numerosos artículos en estos campos. Su enfoque sobre la ética en la inteligencia artificial (IA) es distintivo porque se aleja de las visiones tradicionales y se centra en las relaciones y el lenguaje.
A diferencia de otros filósofos que buscan "propiedades" dentro de una máquina (como la conciencia o el sentir) para decidir si merece respeto ético, Coeckelbergh propone un giro relacional. Lo que importa es el vínculo; sostiene que la moralidad no depende de lo que la IA es intrínsecamente, sino de cómo nos relacionamos con ella y cómo aparece en nuestra vida social. Si interactuamos con un robot o una IA como si fuera un compañero, eso ya le otorga un estatus moral en nuestra cultura, independientemente de si tiene "alma" o no.
Por otro lado, Coeckelbergh revisa la IA como fenómeno político. En su libro The Political Philosophy of AI, argumenta que la ética de la IA no puede separarse de la política, porque hay una relación aquí entre poder y justicia. No basta con que una IA sea "buena"; hay que analizar cómo afecta a la democracia, la libertad y la igualdad. Ello puede implicar también riesgos para la libertad. Le preocupa cómo los algoritmos pueden manipular la opinión pública o reforzar estructuras de poder injustas.
Uno de sus temas recurrentes es quién es responsable cuando algo sale mal. Coeckelbergh explora cómo la complejidad de los sistemas de IA crea una "brecha de responsabilidad", donde es difícil culpar a un humano específico (programador, usuario o fabricante) por las acciones autónomas de una máquina. Siguiendo la tradición de pensadores como Heidegger, afirma que la tecnología no es solo una "herramienta" que usamos.
La tecnología da forma a nuestra realidad y a cómo nos entendemos a nosotros mismos. La IA cambia nuestra cultura, nuestro lenguaje y nuestras virtudes. "La ética no es solo una lista de reglas para programar en la máquina, sino una práctica humana continua que define quiénes queremos ser en un mundo tecnológico". Por eso afirma que cuando los sistemas son opacos, el poder se concentra y la cooperación se debilita. Por eso habla de una ética relacional, pues no se trata solo de reglas, sino de cómo convivimos con la tecnología. Como vemos, es una posición original e interesante, que da un giro a los demás enfoques sobre la inteligencia artificial y la ética en su utilización.

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