Es posible hacer un acercamiento resumido de las diferentes ideas y teorías manejadas por los filósofos del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort si se destacan las propuestas básicas de cada uno de sus autores. Ciertamente, la llamada “Escuela de Frankfurt” no es una escuela unitaria como tal, por la diversidad de sus aproximaciones ideológicas, basadas todas, sin embargo, en el marxismo crítico pero matizadas por la visión de cada uno de sus representantes.
Se la conoce así desde la década de 1960, cuando comenzó a usarse el término para referirse a estos ideólogos. La denominación "Escuela de Frankfurt" se popularizó en esos años, tanto en Alemania como en otros países, debido a las discusiones teóricas y políticas que buscaban una teoría social y política crítica.
A diferencia de la "teoría tradicional" (que solo busca describir el mundo), la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt (liderada por Max Horkheimer y Theodor Adorno, ya citados con anterioridad acá en el blog) nació con el objetivo de transformar la sociedad. Para ellos, la comunicación no es un proceso neutral. Analizaron cómo los medios de comunicación de masas (cine, radio, prensa) eran utilizados en el siglo XX para mantener el statu quo y evitar que las personas cuestionaran las injusticias del sistema capitalista.
Un concepto fundamental es el de la "Industria Cultural". En su obra Dialéctica de la Ilustración (1944), Adorno y Horkheimer acuñaron ese término de Industria Cultural. Su tesis es que la cultura se ha convertido en una mercancía más, fabricada en serie como si fuera un coche o un electrodoméstico. Ellos destacan la estandarización, los productos culturales (música pop, películas de Hollywood) siguen fórmulas repetitivas para asegurar el éxito comercial. Esto lleva a una pasividad del espectador. La comunicación masiva no invita a pensar, sino a "consumir" entretenimiento sin esfuerzo. Ello adormece la capacidad crítica del ciudadano. Se nos hace creer que elegimos lo que consumimos, pero en realidad las opciones están predeterminadas por el mercado.
Por otro lado, tenemos a Walter Benjamin, a quien también ya he citado en este blog, que habla del arte y la tecnología y cómo afecta su interacción. A diferencia de Adorno (que era más pesimista), Walter Benjamin vio un potencial distinto. En su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936), planteó que cuando el arte se puede reproducir masivamente (como el cine o la fotografía), pierde su "aura" (su carácter de objeto único y sagrado). Sin embargo, Benjamin creía que esto podía tener un lado positivo: la democratización. Al hacer que la cultura fuera accesible para las masas, la comunicación podía convertirse en una herramienta de movilización política.
Sin duda vemos que a pesar de que hay una línea ideológica, el marxismo crítico, no hay una unidad de pensamiento. Esto se nota más cuando se revisan las ideas de otros de los filósofos de esta escuela, mismas que veremos en la próxima publicación.

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