En la publicación anterior hice un ejercicio de extrapolación teórica, aplicando las ideas sobre arte, artesanía y estética del filósofo, crítico y arqueólogo británico, Robin George Collingwood, a la estética y el arte digital contemporáneo. Es una tarea interesante, que tiene diferntes vías de interpretación. Como vimos, tiene que ver con las relación arte-artesanía, con la expresión máquina-humano y con las experiencia física.virtual. Pero hay también otras formas de de relación también curiosas.
Un elemento que Collingwood destaca es el del espectador como re-creador activo. Es decir, el espectador debe "re-crear" la experiencia del artista en su propia imaginación es clave para entender cómo consumimos arte sintético. ¿Cóse aplica esto a la obra sintética? Frente a una imagen generada por IA, el espectador ya no busca (o no solo) la expresión emocional de un artista humano. El acto de re-creación se desplaza. El espectador se pregunta: ¿Cómo se logró esto? ¿Qué base de datos se utilizó? ¿Cuál fue el prompt? ¿Qué decisiones tomó el humano y qué hizo la máquina? En este sentido, la experiencia estética incluye un componente conceptual y especulativo sobre el propio proceso de creación. El espectador "re-crea" no una emoción humana primaria, sino una especie de "agencia distribuida" entre el humano y la máquina. Este es un fenómeno complejo y nuevo en el arte.
Un último elemento a considerar es el de lo que podemos describir como suspensión de la realidad, es decir, el simulacro y la alucinación que es capaz de producir la intelgencia artificial. Collingwood decía que en la experiencia estética se suspende el asunto y cuestión de la realidad. En el arte sintético, esto alcanza un nuevo nivel. La IA no representa la realidad, sino que genera una nueva realidad estadística, esto es, un promedio de todas las imágenes que ha visto o recopilado. La "imaginación" de la IA produce lo que se pueden llamar "alucinaciones" o "simulacros". Al contemplar una imagen de IA, nos situamos en un plano donde la distinción entre lo real y lo ficticio no solo se suspende, sino que se desintegra. No es una fantasía humana sobre el mundo, sino una visualización de los patrones latentes en los datos del mundo. La experiencia estética se convierte en un viaje al interior de la "imaginación maquínica", un espacio que no es ni real ni irreal en el sentido humano tradicional. Esto es, seguramente el aspecto más inquietante de todo este análisis.
En fin, si aplicamos los conceptos de Collingwood a la estética sintética, podemos llegar a la siguiente conclusión: la IA por sí sola no crea arte. No hay expresión emocional ni clarificación en un algoritmo. El arte sintético, como colaboración humano-máquina, puede ser arte si el humano utiliza la IA no como una herramienta de producción (artesanía), sino como un medio para explorar y clarificar su propia experiencia imaginativa. La filosofía de Collingwood obliga, de alguna manera, a desplazar la atención, ya que el valor artístico no reside en el realismo o la belleza de la imagen generada (el objeto), sino en la calidad de la experiencia humana que la genera y la que la contempla. La verdadera "obra" en la era de la IA es la conjunción colaborativa entre la intención humana y la ocurrencia de la máquina en el terreno de la imaginación.




















