La relación entre el espectador y las imágenes en movimiento no es fija ni natural, sino profundamente histórica, técnica y política. El cine nació como estética de la multitud, un arte pensado para ser vivido en colectivo, donde la masa era a la vez tema y destinataria. Sin embargo, esa misma potencia agregadora derivó rápidamente en la figura del espectador pasivo, un sujeto inmovilizado ante el espectáculo, consumidor acrítico de narrativas cerradas y emociones prefabricadas.
Frente a esa pasividad, surge la necesidad de formar espectadores audiovisuales críticos, capaces de desmontar el dispositivo cinematográfico, reconocer sus tramas ideológicas y resistir la interpelación directa del medio. Esta figura alcanzó su madurez en la segunda mitad del siglo XX, especialmente en ámbitos educativos, cinéfilos y activistas.
Pero la revolución digital, la multiplicación de pantallas y la expansión de lo interactivo han traído una nueva figura: el espectador interactivo, propio de entornos multimedia y multimodales. Este espectador ya no solo mira o analiza, sino que elige, comenta, remezcla y participa. Su relación con las imágenes es más activa, pero también más fragmentada, y no necesariamente más crítica.
Esta idea se ubica en el entorno digital y poscinematográfico. Ya no hablamos solo de cine, sino de pantallas múltiples, plataformas y formatos híbridos. Son sus características la multimedia, un mismo contenido integra texto, imagen fija, imagen en movimiento, sonido, animación, hipervínculos (ej. documental interactivo, videoensayo); la multimodalidad, el espectador no solo recibe un modo (el visual narrativo), sino que combina modos de percepción: leer, mirar, escuchar, tocar (pantallas táctiles), elegir rutas; la interactividad, pues el espectador ya no es pasivo ni meramente crítico; actúa sobre el contenido y elige caminos narrativos (cine interactivo, Bandersnatch), comenta, remezcla, sube reacciones (YouTube, TikTok), participa en la creación colectiva (wikis, fandubs, memes) y hasta decide tiempos, ritmos y repeticiones (streaming, pausa, rebobinado).
Tenemos también la hipermediación, y ahora el espectador es consciente de la interfaz y la manipula. Rompe la ilusión de transparencia clásica del cine. Esto tiene que ver con la atención dividida y multitarea, pues ya no hay una pantalla sagrada y una sala oscura; el público interactivo mira el celular mientras ve una serie. Así, este espectador puede ser más libre o más disperso, pero ciertamente ha roto con la figura pasiva y monolítica del cine tradicional.
No asistimos a una sustitución lineal de un tipo de espectador por otro. Más bien, conviven hoy distintas modalidades de recepción: el espectador pasivo sigue existiendo en el consumo rápido de entretenimiento industrial; el crítico se refugia en la cinefilia y la academia; el interactivo navega entre plataformas; y la multitud ha migrado a las redes sociales y los eventos de streaming masivo.
















