En su libro de 1979, El sentido del orden, que ya he referido en el blog con anterioridad, el historiador de arte austríaco nacionalizado británico, Ernst Gombrich, aborda, entre muchos temas estéticos y perceptivos, una confrontación teórica interesante entre las ideas de percepción pasiva, como la "Teoría del Cubo" y la percepción formal de la "Teoría de la Gestalt", para concluir que ninguna de las dos explica realmente el fonómeno de la comprensión perceptiva. Para ello, toma como fundamento la "Teoría de los cangilones o del cubo" de Karl Popper, que dice que el conocimiento se forma a partir de percepciones acumuladas, donde la observación precede a la hipótesis. Esta teoría contrasta con el empirismo ingenuo, que considera que el conocimiento se forma a partir de percepciones acumuladas. Popper argumenta que la observación es fundamental para la formación del conocimiento y que cualquier hipótesis debe ser refutada por la observación antes de ser aceptada como conocimiento. La teoría del cubo implica que el conocimiento se construye a partir de un proceso de selección y selección selectiva, donde las observaciones son siempre selectivas y presuponen un principio de selección.
Sobre esta base, Gombrich compara las teorías anteriores y las analiza para formular a su vez una propuesta diferente. Aquí surgen dos puntos muy relevantes: el "Cubo de Necker" y el "Cubo de Colores", que son conceptos radicalmente diferentes a las teorías percecptivas de la Gestalt. El "cubo" en la teoría de Popper es solo una metáfora de un contenedor (como un balde de agua o un cangilón). En cambio, el Cubo de Necker y el Cubo de Colores son objetos visuales o modelos geométricos reales.
El Cubo de Necker (descubierto por Louis Albert Necker en 1832) es una ilusión óptica basada en un dibujo de líneas de un cubo en perspectiva axonométrica. Como carece de pistas de profundidad, es una figura biestable: tu cerebro no puede decidir cuál de las caras está al frente y cuál al fondo, por lo que la percepción fluctúa de manera espontánea. Como fenómeno, el Cubo de Necker puede verse como una refutación de la Teoría del Cubo de Popper. Si la mente fuera un cubo pasivo que solo recibe datos (las líneas estáticas del dibujo), nuestra percepción del cubo de Necker sería fija y única. El hecho de que el cubo "cambie de forma" en nuestra mente demuestra que el cerebro es un sistema activo que proyecta hipótesis de profundidad sobre un estímulo ambiguo.
Por otra parte, el Cubo de Colores (o los sólidos de color tridimensionales, como los modelos de Munsell, Runge o los espacios digitales cromáticos) es una representación geométrica para ordenar el espacio coloreado con base en tres ejes: tono (matiz), saturación y luminosidad (brillo). ¿Cómo se relaciona esta teoría con las anteriores? En la percepción, no tienen relación teórica directa. El cubo de colores es una herramienta métrica y fenomenológica para entender cómo los humanos experimentamos las transiciones de color. El único punto de contacto, que se remonta a siglos atrás, es que los empiristas clásicos (los que Popper critica con su "Teoría del Cubo") creían que las sensaciones de color eran precisamente esos "átomos independientes" que entraban por los ojos y se acumulaban en la mente. La ciencia del color posterior demostró que el color no es un "objeto" que cae en la mente, sino una construcción psicofísica mediada por la retina y la corteza visual.
Como vemos, para entender el proceso perceptivo hay distintas aproximaciones, distintas a las de Gestalt y a las que plantea Ernst Gombrich, como veremos en las próximas publicaciones.


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