Ya en otra publicación comenté sobre los actos performativos del habla, incluyendo el acto ilocucionario y el perlocucionario según John Searle. Hoy voy a desarrollar estos elementos sobre la base de las ideas de John Langshaw Austin (1911-1960), el filósofo británico considerado fundador de la filosofía del lenguaje y maestro de Searle. En la teoría de los actos de habla, cuando decimos algo, no solo emitimos palabras: estamos realizando acciones. Para entenderlo de forma sencilla, cada vez que hablamos se producen tres niveles o dimensiones en el mismo acto: locutivo (lo que dices), ilocutivo (lo que haces al decirlo) y perlocutivo (el efecto que consigues).
Acá me centraré en los dos que últimos que son el núcleo de la intención y la reacción comunicativa. El acto ilocutivo es la intención, la fuerza de lo que se expresa. Es la fuerza intencional del hablante. Es lo que se está haciendo al decir esas palabras: prometer, amenazar, pedir, jurar, aconsejar o felicitar. Depende completamente del contexto y de las convenciones sociales. El objetivo es que el oyente comprenda la intención del emisor; por ejemplo, si digo "Mañana te pagaré el dinero", el acto ilocutivo es una promesa. Si digo "¡Cuidado con el perro!", el acto ilocutivo es una advertencia.
Acto perlocutivo, por otro lado, es el efecto, el resulado que produce la expresión. Es la consecuencia o el efecto que el enunciado produce en los pensamientos, sentimientos o acciones del oyente. Es lo que se logra por el hecho de haber hablado. Aquí el objetivo es la reacción real (que no siempre coincide con la intención original). Por ejemplo, siguiendo el caso anterior de "¡Cuidado con el perro!" (advertencia), el acto perlocutivo puede ser que sientas miedo, que te detengas o que mires al suelo buscando al animal.
En resumen, lo ilocutivo está en manos del emisor (es su intención de acción), mientras que lo perlocutivo se consolida en el receptor (es el impacto o reacción física/emocional que se genera). Todo parte de lo que se dice, obviamente, lo "locutivo", pero estos actos son los que, según Austin, enriquecen (y complican) la comunicación humana.




















