El término hipoicónico (o "signo hipoicónico") es una de las correcciones teóricas más importantes que Umberto Eco hizo a la semiótica clásica, primeramente en su obra Tratado de semiótica general (1975) y que luego amplió en Kant y el orintorrinco (1997). Para entenderlo, hay que recordar que tradicionalmente (con Peirce) se decía que un icono es algo que se parece a la realidad (como un retrato que se parece a la persona). Eco cuestiona esto porque considera que "parecerse" es algo muy vago.
Eco argumenta que una imagen no se "parece" al objeto real en un sentido físico. Por ejemplo, una foto de una manzana es plana, está hecha de pigmentos y no tiene sabor, mientras que la manzana real es tridimensional y orgánica. Por lo tanto, la "semejanza" es una convención cultural. Por esto usa el prefijo hipo- (que significa "debajo" o "escaso") para indicar que estos signos no son copias perfectas, sino que funcionan bajo reglas específicas.
Las imágenes icónicas en realidad no reproducen el objeto, solo reproducen algunas propiedades perceptivas del objeto basándose en códigos de reconocimiento. Así, cuando vemos un dibujo de un gallo, no vemos un gallo; vemos una serie de líneas que nuestro cerebro, entrenado por la cultura, interpreta como "gallo". El signo hipoicónico es una estimulación que nos permite reconstruir el concepto en nuestra mente.
Hay, según Eco, tres tipos de hipoiconos. Identifica que la "iconicidad" se manifiesta de diferentes formas según cómo se construya el signo:
| Tipo | Descripción | Ejemplo |
| Imáge- nes | Reproducen propiedades ópticas y perceptivas. | Una fotografía o una pintura realista. |
| Diagra-mas | Reproducen relaciones lógicas o estructurales, no el aspecto físico. | Un organigrama de una empresa o un mapa del metro. |
| Metáfo-ras | Relacionan propiedades de un objeto con otro de forma simbólica. | Decir que alguien tiene "corazón de piedra". |

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