jueves, 31 de octubre de 2019

Julianos y gregorianos

En la publicación de ayer, nombré al calendario juliano en relación con la fecha de nacimiento de Fiodor Dostoyevski. Él nació en octubre, según el calendario juliano, de uso en la Rusia zarista del siglo XIX, y en noviembre según el gregoriano, que por casualidad tiene al mes de octubre como pivote del cambio en su utilización. Es bien interesante saber cómo se dio este cambio, y cómo aún nos afecta.

En el siglo I a.C., durante el gobierno de Julio César, el imperio romano impuso un sistema de calendario vigente para todos los dominios, que cambiaba el sistema de medida basado en los meses lunares. Este nuevo calendario tomaba al sol como base del cálculo, y de esta forma el año tenía 365 días. Sin embargo, ya se sabía que había una diferencia en este calculo que sumaba un día cada cuatro años, por lo que se decidió tener un año de 366 días en ese lapso, para compensar. Es el que se llamó bisiesto. Ese calendario se llamó entonces juliano. 

Esto ordenó en mucho la medición del tiempo, que además dividió al año en 12 meses, y se mantuvo vigente desde el año 45 a.C. hasta el año 1582 d.C., por toda la Europa Occidental. No obstante, la medida romana del año en 365,25 días promedio, no era del todo exacta (la medida es 365,242189, o sea, unos 11 minutos menos), por lo que las fechas empezaron a dejar de coincidir con las fechas naturales de los equinoccios y solsticios, días claves en los rituales religiosos (no hay que olvidar que la Pascua debía conmemorarse el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera en el hemisferio norte). Esto implicaba una regularidad del calendario litúrgico, para lo cual era preciso introducir determinadas correcciones en el civil . En el fondo, se trataba de adecuar el calendario civil juliano al llamado año trópico, con sus cuatro estaciones. En el Concilio de Nicea, celebrado en el 325 a.C., quedaron fijas las fechas de las fiestas de guardar en concordancia con las del año solar.

Ahora bien, esos más de 11 minutos contados adicionalmente a cada año, implicaron un desfase, que poco a poco empezó a hacerse notable. Ya en el siglo XV, La Iglesia comenzó a preocuparse por esa diferencia, y hacia finales del siglo XIV, el papa Gregorio XII aprobó la implementación de un nuevo calendario, que se hizo efectivo en 1582. Total en los 1257 años que mediaban entre 325 y 1582 se acumuló un error de aproximadamente 10 días, que hubo de ser resuelto de manera dramática: se eliminaron del calendario. Por lo tanto, se pasó del jueves 4 de octubre de 1582 -según el juliano-, al viernes 15 de octubre de 1582 -según el gregoriano-, sin ningún intermedio. Este calendario se adoptó inmediatamente en los países donde la Iglesia católica tenía fuerte influencia. Sin embargo, en países no católicos, como los protestantes, anglicanos, ortodoxos, y otros, este calendario no se implantó hasta varios años (o siglos) después, e incluso en algunos, se sigue usando el calendario juliano -en el estamento religioso-, para no reconocer la autoridad del papa de Roma en su implantación.

Ese calendario, de origen ritualista, pasó, con el predominio del mundo occidental, a ser aceptado universalmente, ya no como calendario religioso sino como civil. La tecnología digital ha permitido una medición muy exacta del tiempo, por lo que ya no hay contradicciones entre la realidad y la convención humana. Sabemos, por ejemplo, que cuando el centro de la Tierra ha recorrido una vuelta completa en torno al Sol y ha regresado a la misma posición relativa en el espacio en que se encontraba el año anterior, se han completado 365 días y un poco menos de un cuarto de día (0,242189074 para ser más exactos). Para hacer coincidir entones el año con un número entero de días, se requieren ajustes periódicos cada cierta cantidad de años. Así, cada 3300 años termina habiendo un error de un día. Habrá que ajustarse... Una curiosidad respecto al año gregoriano, es la diferente duración de los meses, que responde a las antiguas tradiciones heredadas del imperio romano y del cristianismo primigenio. Nada a lo que no estemos acostumbrados. 



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