martes, 5 de abril de 2011

Foucault y las palabras y las cosas

Uno de los textos más complejos que he leído, relacionados con la semiología, el estructuralismo y la filosofía posmoderna es "Las palabras y las cosas" (1966) de Michel Foucault (aunque al mismo Foucault nunca le gustó que le llamaran estructuralista y luego posmoderno... se consideraba más bien como simple crítico de la modernidad, y en todo caso kantiano). Este libro toca muchos temas, pero en esencia es un "abordaje arqueológico epistemológico", esto es un estudio sobre los saberes, y cómo las disciplinas humanas se han desarrollado, básicamente en relación con los lenguajes. Toca también aspectos de la economía y el trabajo, pero siempre desde un punto de vista semiótico, y estructuralista (por más que no le guste esa etiqueta). En todo caso, hay dos tópicos que toca brevemente, pero que me resultan interesantes para el abordaje de la imagen y la estética.


El primero es un apartado en el que estudia el cuadro "Las Meninas" de Diego Velásquez. Aquí hace un análisis del complejo juego de miradas, visiones, posiciones y apariciones (o desapariciones) de los personajes, los espacios y las acciones. Esto es lo que le va a servir para desarrollar su argumento central: que los periodos de la historia poseen ciertas condiciones fundamentales de verdad que constituyen lo que es aceptable o no, como, por ejemplo, en el campo de las ciencias. Y argumenta que estas condiciones de discurso cambian a través del tiempo, mediante cambios relativamente repentinos, de una epsiteme a otra, según el término que introduce y que utiliza continuamente. Y entonces, frente a una visión progresiva y generalista de la historia, Foucault propone pensar la historia como articulaciones acumulativas de acontecimientos que, surgidos en ciertas condiciones, van abriendo espacios y grietas, que multiplican líneas de ruptura y permiten las contradicciones. Pero en específico, su estudio del cuadro de Velázquez es -podríamos decir- todo un tratado de estructuralismo y semiología, pues analiza en detalle las forma con este esta ensamblado, lo que nos dice y quiere decir cada figura, y sobre todo lo que está y no está. Explica su composición, organización e interpretación. Cito aquí el párrafo final de ese capítulo I, que es realmente valioso para entender lo que es la comunicación visual.

"Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquélla recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente, por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta —de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo —que es el mismo— ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación."

El segundo apartado que quiero referir está en el capítulo III y se refiere a la "imaginación de la semejanza". Aquí hace un análisis de cómo evoluciona la representación y el conocimiento, y en específico estudia el paso de las construcción semántica del Renacimiento a la de los siglos posteriores, y a su vez cómo aquella ha sido un gran cambio respecto a los siglos anteriores. Hace una relación entre signo y semejanza, que se relaciona a su vez con el poder de recordación y la impresión que nos deja lo percibido en la imaginación. Para explicar esto mejor, también copiaré un párrafo de Foucault.

"Es necesario que haya, en las cosas representadas, el murmullo insistente de la semejanza; es necesario que haya, en la representación, el repliegue siempre posible de la imaginación. Y ni uno ni otro de estos requisitos puede dispensarse de aquel que lo completa y se le enfrenta."

Y también respecto a la capacidad de analizar la naturaleza para convertirla en representación, nos dice:

"Ahora bien, estos dos momentos opuestos (el uno, negativo, del desorden de la naturaleza en las impresiones, el otro, positivo, del poder de reconstituir el orden a partir de estas impresiones) encuentran su unidad en la idea de una "génesis". Y ello de dos maneras posibles. O bien el momento negativo (el del desorden, de la semejanza vaga) se pone en la cuenta de la imaginación misma, que ejerce ahora ella sola una doble función: si le es posible restituir el orden, por la sola duplicación de la representación, es justo en la medida en que impediría percibir directamente y en su verdad analítica las identidades y diferencias de las cosas. El poder de la imaginación no es otro que el revés, o la otra cara, de su defecto. Está en el hombre en la costura misma que une el alma con el cuerpo."

Es una explicación desde el punto de vista filosófico de cómo somos capaces los humanos de reconstruir analíticamente el mundo natural y el mundo conceptual. Y visualmente es lo que hace la imagen, aún hoy, y tal vez más intensamente que nunca.
  
Diego Velasquez: "La familia de Felipe IV" o "Las Meninas", 1656

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